calendario de mundo cofrade

sábado, 21 de enero de 2017

Sabiais que en 1974 el señor de San Gonzalo era rubio

Cuando llegó en 1974 era el Cristo rubio. Antes de aquello, pocos estaban en el problema que decían que padecía la Imagen anterior de Castillo Lastrucci. La gente de entonces, Antonio Garduño, Emilio Cano y pocos más, percibieron que esa imagen despedía aserrín cuando se la manipulaba. Algo le pasaba por dentro. Hoy aquel mal se hubiera podido arreglar, pero entonces, esta hermandad joven con no demasiados nazarenos aprovechó la oportunidad para encargarle a un artista alejado de Sevilla la imagen de un Cristo nuevo. Era el año 1973. Ortega Bru en su exilio interior de Madrid talla a este Cristo joven de mirada de miel inspirándose en su hijo, entonces un joven barbudo y con los pelos largos. Cuando se bendijo en la Parroquia llamó a la atención su mirada ladeada y su pelo claro. Pero aquel Soberano Poder era distinto, más humano, más cercano; cuando está en el paso sí, se encuentra ante Caifás, pero cuando está en el altar se coloca ante el devoto para escuchar y para hablar: “yo soy” “ego sum”. Años después de su estreno, Ortega Bru tallaría ya en Sevilla, en el taller de Guzmán Bejarano un cuerpo que es la glorificación del escorzo. Entonces fue cuando el Cristo adquirió el movimiento que ha caracterizado la fisonomía de la Imagen. Después llegó la nueva imagen de Caifás en la que Ortega Bru quiso captar el gesto de enfado de Juan Vizcaya, aquel capataz que entró en el mundo de los mitos tras su prematura muerte.

Hay quien piensa que el “boom” de la hermandad de San Gonzalo – antes humilde como la que más y ahora de muchedumbres tanto por dentro como por fuera- se debe a una circunstancia concreta como es el estilo de los costaleros. Pero no solo es –ya lo dije- el izquierdo por delante. Es también el magnetismo, la unción sagrada de esta Imagen innovadora y rupturista a la que rezan tanto jóvenes como mayores, hombres como mujeres, vecinos como visitantes. Ese es el Cristo que le habla a los más veteranos: a su músico Bienve, a su camarero Mateo, a Emilio, a los Vizcaya, a los Garduño, a José Luís Ríos, a Miguel Ángel Oliver, a Manuel Cubero, a Urbano, a Juan Fernández, y también a Alfredo Flores, y a Pepe Marín y a tanta gente de aquella generación que heredó una hermandad de la periferia hasta convertirla en un referente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario